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Cortegada, un balneario popular


 

La falta de instalaciones adecuadas hasta los años treinta del siglo XX hizo que Cortejada estuviera siempre considerado como un balneario de los  tradicionales orientados hacia la clientela popular y regional. En algunos casos la propiedad será de carácter familiar (Caldas de Reis, Molgas); en otros, seguían en manos de vecinos o ayuntamientos (Cortegada, Caldeliñas, Sousas, Partovia o Carballiño).


El otro tipo de establecimiento que se impone en la segunda mitad del XIX son los que trataban de reproducir el modelo centro-europeo de estaciones balnearias como atractivos centros de inversión con un componente lúdico y elitista, convirtiéndose en pequeñas villas termales que combinaban los tratamientos hidroterápicos con veladas musicales, tertulias centro de reuniones políticas o financieras o casinos. En el caso gallego sólo hubo dos de estas características: A Toxa y Mondariz. Esto balnearios tuvieron su gran momento durante los años 20, gracias a una legislación favorable y al acercamiento de los propietarios a los círculos de poder; sin embargo durante los años treinta, con la implantación de la II República (1931), la crisis económica y la inestabilidad política, más el inicio de la Guerra Civil frenaron el desarrollo de las  villas termales.


A diferencia de estos grandes hoteles balnearios, los bañistas que acudían a Cortegada tenían que alojarse en casi todas las casas del pueblo que alquilaban algún cuarto y que, por lo general, disponían de  pocas comodidades, falta de higiene y aglomeración de personas para dormir. Alquilar un cuarto, comida no incluida, durante toda la temporada de 1876 costaba  48 reales. Y prácticamente no  existieron fondas durante gran parte del siglo XIX.


Una de las razones de que Cortegada no se convirtiera en un moderno balneario fue el escaso producto anual que retaba su actividad. Ya hemos dicho cómo a mediados del XIX se arrendaba su explotación por 1.400 reales, la que menos en este tipo de establecimientos, ya que había una gran diferencia respecto, no sólo a las más rentables, como Esparraguera y Olesa, con 100.000 reales, o Sacedón (Guadalajara) con 64.000, sino incluso con los vecinos Carballiño y Partovia, que alcanzaban la cifra de 5.000 reales. Bien es verdad que sospechamos que en la cifra correspondiente a Cortegada no están incluidos los abonos de los bañistas. Sin embargo, en 1882, ya con la llegada del ferrocarril a Filgueira, el aprovechamiento de los baños produjo la importante cantidad de 3.000 pesetas, muy alejada de los principales establecimientos, como Archena (Murcia) con 40.000 o Alhama de Aragón (Zaragoza) con 30.250 pesetas, pero muy a tono con lo que percibían los gallegos, siendo los segundos (después de Lugo: 7.500) de toda Galicia.


En 1881 las malas condiciones de los baños provocaba las amargas quejas del director de los baños Clodomiro Andrés, que acusaba a los propietarios, que eran todos los vecinos que tenían alguna tierra en el antiguo foral, de no hacer nada por mejorarlos, y que era inútil hacerles cualquier recomendación. En ese año se habían  abierto, como en los anteriores,”con dos malas barracas de madera y unos pilones de piedra”, que es lo único que tiene de instalación, y el pueblo está en el mismo estado de “incuria y abandono de la higiene y policía”.”No hay establecimiento en Galicia tan lastimosamente descuidado como el de Cortejada”.


En la de 1882 dice que, por fin, después de tres años de comunicaciones a la Dirección General de Sanidad, de reuniones con los propietarios y de escritos a la superioridad, por fin se ha podido hacer “un establecimiento (aunque) este sin ninguna de las clases de aparatos que son necesarios para la más perfecta aplicación de las aguas”. Se refiere a la construcción de una casa de madera en el baño del Campo  con zócalo de piedra de 20 m. de largo y 12 de ancho que tenía el techo de lona embreada que cubría un salón de espera, diez cuartos para baños, dos piscinas con capacidad para 12 y 14 personas respectivamente, un depósito y la fuente. Los aparatos necesarios que no se instalaron eran una caldera de vapor para calentar el agua, chorros de presión y un gabinete de inhalación. Por eso denuncia que “si en otro país y por tanto en otras manos se hallasen estos manantiales, Cortejada sería no solo uno de los establecimientos de más aplicaciones si no de los más concurridos”.


La situación de los baños sigue igual en 1884 y dice el director que no cree que pueda prosperar en el futuro “por el modo de ser especial de la propiedad”. Este va a ser el principal problema que va a tener Cortegada y que le va a impedir orientar su evolución hacia una mayor prosperidad. Clodomiro Andrés, en la Memoria de 1887, lo apunta nítidamente cuando dice que “cuanto más tiempo llevamos en la dirección de los baños de Cortejada nos confirmamos más en que este establecimiento balneario tiene que decaer sin remedio; no porque sus aguas hayan perdido alguna de sus propiedades … sino porque no es posible en manera alguna que empresa, propiedad o negocio de cualquiera clase que sea, pueda prosperar cuando intervienen en él más de cien personas… y si al menos tuvieran las ilustración bastante, la mayoría, para comprender sus intereses… podríamos esperar resoluciones favorables y mejoras que son indispensables, pero no sucede así, la mayor parte de los propietarios son labriegos ignorantes que no saben otra cosa más que aquello es suyo… y no sacando utilidad directa les es completamente indiferente que los establecimientos estén bien o mal montados con tal que ellos  puedan seguirse llamando dueños”


De aquí que el principal obstáculo que tuvo la evolución de estos baños fue la falta de consenso entre sus propietarios, que impedían la realización de las obras necesarias porque estaban condicionadas a la autorización de los foralistas, por lo que la única solución parecía ser la expropiación, lo que tampoco se consiguió.
A principios del siglo XX la situación de las instalaciones no habían mejorado gran cosa, incluso el manantial del Monte prácticamente ya no se utilizaba, pero el pueblo fue ampliando en cantidad y calidad el hospedaje, contando incluso con algunas fondas con precios bastante asequibles variando en función de la clase de bañistas, oscilando, por ejemplo, en 1927 entre las 0,25 y las 4,50 pesetas.